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El día que descubrí que mi hijo era autista

Serie de artículos por entregas
Cathie García | Sociedad

Parte I - Juguetes en fila

Fui a dar la vuelta por el cuarto de mi hijo. Me asomo y veo que había colocado todos sus juguetes en una larga fila, de un extremo al otro dentro del "play yard".

Era una típica mañana, una de ésas en que no esperas que nada nuevo pase. Me quedé sorprendida y rápidamente saqué mi teléfono móvil para fotografiar lo que veía. Desde ese entonces comencé a observarlo más detenidamente cada día. Tenía la oportunidad de estar con él, en aquel momento no estaba trabajando y podía dedicarle todo el tiempo que quisiera.

Por ratos se irritaba de manera constante sin razón aparente, reía sin motivo alguno. Sin embargo, era como si no tuviera sentimientos, no sentía temor por lo peligroso, era como si no le asustara nada. Todo lo que giraba era una obsesión y cada vez que iba en su coche se viraba para ver las ruedas, se les quedaba viendo detenidamente. Así también, se quedaba viendo los abanicos de techo, las gomas de un "handtruck" y las ruedas de un carrito de juguete. Podía estar horas dándole vueltas a las aspas de un abanico de pedestal. Viraba el coche y giraba sin cansancio sus ruedas.

No le gustaba que lo tocaran, que lo abrazaran; eso para mí era bien doloroso. Yo decía, ¿qué le pasa?, es como si no fuera mi hijo, como si yo no le importara.

No me miraba a los ojos, me esquivaba la mirada. Andaba como perdido en el espacio y cada día era lo mismo. No dormía bien, le molestaban los ruidos y se tapaba las orejas. En ocasiones le molestaba la claridad de la luz del día, se tapaba los ojos y gritaba. No le gustaba sentir arena en su cuerpo y vivíamos en una playa de la isla de Culebra en Puerto Rico. No podía salir con él por que siempre estaba llorando y gritando.

Me puse a buscar por internet. Todas las respuestas conducían al autismo. Lloré, grité. Llevándome de la mano me acercaba, mi niño me ayudaba a saber lo que necesitaba. Así era como se comunicaba. Cuando yo no lo entendía, daba un brinco y se dejaba caer sólido contra el piso, gritando y llorando. En ocasiones se auto agredía o me agredía a mí. Pasaban los días, yo seguía buscando información y todo seguía diciendo lo mismo, autismo.

Hablé con mi amiga Sandra, que es como mi hermana y una tití para mi hijo. Le conté lo que estaba viviendo, me dijo que también se había fijado y que estaba por decirme. Le hicimos un acercamiento a una pediatra que visitaba la isla un día a la semana para dar servicios médicos. Me habló de su experiencia con un sobrinito y me dijo que ella entendía que por ese cuadro clínico, Cálohan estaba presentando rasgos de autismo.

Me acerqué al papá de Cálohan y le dije lo que me había dicho la doctora. En todo momento se negó, hizo caso omiso, me insultó, se enojó. Ya luego de esa reacción no hablé más con él. Fui a donde Sandra que era la única que sabía y seguimos en nuestra búsqueda informativa. Seguí haciendo todo con ella. Después hablé con el pediatra de Cálohan y me dijo “si a los 17 meses no habla, me lo traes”. Y no habló.

Imagen de dibujos Imagen de Cathie

Fotos: © 2015 Cálohan y Cathie García



Cathie García

Escritora

Natural de Arecibo, Puerto Rico. Estudió un grado asociado en Tecnología Agrícola en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Utuado. Es madre y poeta a tiempo completo.



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