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Evocación

Corsino Vélez | Cuento | 7 años de poesía y 3 cuentos

Doy marcha atrás al viejo y sigiloso reloj del tiempo tras sutiles recuerdos y añoranzas que perfuman mis años de existencia. Como recordar es vivir, inspirome en esta línea de pensamientos levantando el vuelo misterioso que en sus entrañas encierra experiencias e inquietudes de mis años adolescentes. Busco ansiosamente en el cofre mágico de mis recuerdos imágenes añoradas. Entre ellas, busco la efigie de mi fenecida abuelita. Prefiero ese sublime simbolismo porque en mis años adolescentes fue mi mejor fuente de inspiración. Porque en mis sueños recurrentes y en mis ratos de vigilia estuvo muy cerca de mí. Invoco sus recuerdos porque fue un ser que supo amarme con alma de querube y yo también la quise mucho.

Voy por esos mundos del recuerdo, por trillados de tierras areniscas y cafetales en flor, hasta llegar a un claro de la finca por donde corre una pequeña quebrada de aguas cantarinas. A la parte de arriba de esa afluente hay un montículo donde estaba ubicada una modesta casita que hoy de ella solo quedan sus ruinas sepultadas por tupidos breñales. En aquella casita vivía mi abuelita cuya imagen estoy buscando. De pronto la encuentro. ¡Qué alegría, Señor, qué alegría! Está intacta, fresca y primorosa. ¡Abuelita, abuelita mía, abuelita Macia! Venerable viejecita de tez pálida, voz clara y sonora cual campanitas de cristal. De pelo lacio y sedoso, blanco en canas como hilo de plata resplandecientes en noches lunadas. Mi abuelita es de mediana estatura, frágil, pero hacendosa como las matronas del campo. Viste traje blanco con pizcas y florecitas negras como el azabache. Lleva además, un planchado y fresco delantal oloroso a yerba de pacholí.

La sala de la casita es pequeña, limpia, tranquila, muy sencilla, ausente de muebles costosos. Abuelita está rodeada de algunos familiares. Entre estos puedo ver a tío Confe, tía Esperanza, tía Celia, tía Finín, tía Luz, Jorge y Mela. Abuelo Toño está arrellanado en su rústica butaca cuyo magnífico forraje es de suave y blanca piel de cabra.

En una esquina de la sala junto a la puerta que conduce a la mística alcoba de los conyugues hay una caja de madera de cedro que sirve dos propósitos: la usan como asiento y también como baúl. Más allá, al fondo del dormitorio, junto a un tabique está otra caja mucho más grande y pesada que la primera.

De ésta conservo el más dulce recuerdo. Resulta que en tiempos de vacaciones, muy especialmente, acostumbraba a visitar a mi abuelita. Recuerdo como la más fina hora, la ruidosa y vieja máquina que usaban para el despulpe del café, con su habitual sonsonete trac, trac, trac, que producía el sube y baja del cedazo de alambre que limpiaba de cáscaras y hojarascas el aromático grano. Ese delicioso producto que hoy por circunstancias ajenas a nuestra voluntad casi no podemos tomarlo debido al alto costo del mercado. Tal parece que veo a la parte arriba del barranco la vieja barraca con techumbre de matojos holorosos a tierra mojada y a hierba seca de los caminos. Usaban este viejo sistema como refugio contra temporales y también para guardar cachivaches. Allí, al amparo de las sombras de aquella benéfica techumbre de matojos, jugábamos tía Esperanza y yo. Ella con sus muñecas de trapo y yo fabricando bolitas de barro.

Es muy cierto el dicho de que los recuerdos y la imaginación no tienen barreras. Con respecto a esto sigo recordando los árboles de citrosas con sus frutos colgantes, más allá del batey cercano a la finca. La mata de pascua al rojo vivo encendida detrás de la cocina. Los racimos de plátanos y guineos verdes, también maduros y pecosos cuajando la melaza. El corral de cerdos y la puerca flaca amamantando los doce cerditos y el pobre guajino temblando de frío, tal parece que veo al viejo Nicanor picando yerba para el caballo. Girando sobre mis talones al volver el rostro, observo al lado opuesto de la por la parte sur de la casita, un frondoso árbol de anón. ¡Qué sabrosos eran, cuantos comí de ellos! Volviendo al interior de la morada detengo mis ojos en las gruesas vigas de capa prieto y moralón que sirven de trabazón al techo y a los tabiques de la sencilla estructura. Todo esto es un poema de romance, una canción.

No obstante, regresamos a lo del baúl. Al finalizar el tiempo de vacaciones tenía yo que regresar a mi hogar, distante unas dos o tres horas de camino. Eran tiempos muy difíciles. La transportación era escasa y el dinero, también. Era costumbre de mi abuelita conducirme al rincón donde estaba el viejo baúl, una vez allí procedía a levantar la rústica tapa de la caja olorosa a pacholí, rebuscaba muy cuidadosamente, en el fondo del mismo había un coco liso, bien pulido y negro como el betún. Extraía de él unas moneditas y me las echaba en el bolsillo de mi camisa.

Luego me acicalaba el pelo, me perfumaba con alcoholado “Brisas del Caribe”, chequeaba los botones de mi jerga y terminaba dándome un beso y echándome la bendición. Ya sabes mi hijo, no te detengas en el camino, piensa que tus padres te esperan.

¡Qué excelente era mi abuelita! Han pasado muchos abriles, la picota del tiempo parece impotente contra el viejo maderaje que aún impera sosteniendo las ruinas de lo que en algún tiempo fue un monumento erigido a la vida y buenas costumbres de aquellos peregrinos que vinieron a este mundo y supieron cargar la cruz del deber cumplido.

Junto a las ruinas, aún permanece intacto en mi memoria el recuerdo de una anécdota con respecto a la historia de un fantasma que gustaba merodear por aquellos tranquilos lugares, haré saber que a tío Confe le gustaba bromear con los muchachos. Esta vez trató de divertirse conmigo a costa de mi ingenua credulidad. Naturalmente, jamás pudo percatarse de que actitudes de esa índole podrían afectar psicológicamente la conciencia frágil de un niño. Lo cierto es que la broma llegó a producir en mi ánimo una situación tan embarazosa que desde esa noche en adelante tenía que dormir arropa’o de pies a cabeza. No podía respirar siquiera. Luego de aquel episodio tan frustrante quedó en todo mi ser el recuerdo para muchos años.

Sucedió lo siguiente. Por el lado oeste de la vieja casita había una vereda estrecha y tortuosa que conducía a la mansa quebrada donde mis tías lavaban la ropa de la familia. En los márgenes de ésta florecían naranjos, miramelindas, cecilianas y también croaban las ranas al compás del areito de los coquíes. Es un paraje encantador donde ubica una gigantesca piedra de granito que para aquel tiempo coqueteaba con un legendario árbol de guaraguao en cuyo tronco y raíces emergía el agua del pozo que suplía el fresco y cristalino líquido para toda la familia.

Una cálida tarde de julio, fuimos tío Confe y yo en busca de agua al pozo. Recuerdo que el ocaso se extinguía lánguidamente detrás de la garganta de los cerros. De momento cambió el clima y empezó a soplar una ventisca friiia como la muerte. Caía la tarde y las sombras de la noche iban tendiendo su hopa negruzca sobre barrancos y cafetales. Todo el ambiente se vistió de luto. Aullaban los perros atormentados por el azote del viento y el susurro de las ramas de árboles augurando el más triste desconcierto. De pronto surge un grito, en medio de ese estado de cosas... era tío Confe.

¡Muchacho avanza, avanza, avanza! Date prisa, date prisa. Mira que nos sorprendió la noche y ahí donde tú estás sale un muerto. ¡Un muerto! ¿Qué aquí sale u, u, u, u, un muerto?, pregunté yo. ¡Sí muchacho!, ahí sale un muerto con un paño amarra’o sobre la cabeza y se lleva los muchachos. El asunto se complicó por pura coincidencia al oír la siniestra carcajada de un múcaro que en ese preciso instante y para mi mejor suerte batía sus enormes alas al volar sobre mi cabeza. ¡Mire!, para qué fue eso… se formó la de Troya. Creí en verdad que el muerto me iba a agarrar. El caso fue, que boté el candungo que tenía en las manos y arranqué a toda carrera a guarecerme en la falda de mi abuelita. Parecía que el corazón se me iba a salir. ¡Muchacho!, muchacho, nene, nene, gritaba riendo tío Confe. ¡Ven acá, ven acá!, ayúdame a buscar el candungo. ¿Dónde tiraste el candungo?

Tío Confe había visto el lugar donde yo había tirado el candungo. Sin embargo, inquirió con el único propósito de conseguir mi regreso y de alguna manera poder conformarme. Nacarile del oriente, yo no volví atrás. Al contrario, entonces corría y gritaba más, ¡abuelita, abuelita! me salió un muerto, me salió un muerto, exclamaba jadeante. ¡Muchacho, muchacho!, ¿por qué dices eso? exclamó sobresaltada mi abuelita. Pregúntaselo a tío Confe, pregúntaselo a tío Confe. No podía controlar la excitación. La buena viejecita comenzó a pasarme las manos por la cabeza, a la vez que cariñosamente me decía, no creas eso mi hijo, esas son guzarañas de Confe, el te quiere mucho. Lo hace para pasar el rato contigo. Oye lo que te voy a decir, los muertos no salen. Recuérdalo bien, los muertos no salen.

Y así, sucesivamente siguió hablándome hasta lograr que yo me calmara. Lo cierto es, que el trauma me duró mucho tiempo. Cuando lo recuerdo me echo a reír, y Tío Confe también.



Corsino Vélez

Escritor y periodista

Puertorriqueño de la ciudad de Ponce. Fue poeta, periodista y editor del periódico El Poeta durante los primeros buenos años del rotativo. Aficionado a las buenas lecturas y al espiritismo científico.





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