Artículos Convocatoria Hemeroteca Contacto
Presiona en la imagen para ver el original.

Guarapo

José Rafael Gilot | Cuento | 7 años de poesía y 3 cuentos

Ahora, frente a la plaza y la iglesia del pueblo ella sabía que sólo podía ser ella. Pero antes, en el lado anverso del tiempo, había sido otra… O había creído serlo. Fue aquel día aciago cuando las horas se fatigaron sobre sus manos huecas y vacías y comenzaron a escurrírseles como orugas viscosas por los brazos y las axilas. El adelante no hubo más ayer ni mañana para ella. Sólo el hoy nuestro de cada día. Sin voluntad ni propósito. Inventado a trazos. Armado como un rompecabezas inconcluso en cada momento. Por eso ya no podía desatar aquel atado de realidades deformes y confusas.

No obstante, sabía que hoy estaba allí, de pie y con su inventario personal: cuerpo breve y escuálido, manos delgadas, nervio y venas azuladas sobre la piel pergaminosa, pelo lacio y canoso bajo la pañoleta raída, rostro alargado y ceroso, ropa desteñida y limpia.

Sus ojos retenían el brillo intenso y profundo propio de los posesos. Los iluminados que están más allá del bien y el mal de los mortales. Esa mirada fija, inalterada como se pudiese arrancarle el sentido oculto y arcano a las cosas más simples y triviales de la vida. En su mano izquierda y junto a su pecho, la pequeña caja de cartón cubierta de un trapo otrora blanco a su vez sujetando la estampa dorada del icono oriental. Otra madre como ella, con el hijo firmemente sujeto a aquellas manos, bajo la mirada impasible de los ángeles de la pasión. Pero ella no podía ni hacer eso, por eso recurrí al pueblo en la que el absurdo peregrinar. Sin término ni destino. Mascullando un rezo perenne e ininteligible, con la mirada alzada al cielo esperando el consuelo o el milagro que acá se le negaba. Ya era casi media tarde y el reloj del ayuntamiento dio la hora. En la plaza resonó un grito certero como una pedrada, ¡Guarapo, Guarapo! Tras el breve silencio la voz se hizo coro. Se alargó sobre los bancos de hierro y las palmas reales y la gente. Esta vez con todo nomás aflautado y chillón. ¡Guarapillo, Guarapillo!

La respuesta esperada se produjo. Ella se arrodilló. Imploró. Sobre el asfalto de la calle maldijo amenazante. Invocó a sus manes protectores cuyas voces milagreras le socorrían en estos trances difíciles. Pero al parecer esta vez callaron y se dijo para así: no, no me ayeron, pero me oirán... Santa Catalina, San Expedito, Justo Juez...

En la plaza el coro de mozalbetes rió con regocijo intenso, casi lascivo, ante el juguete humano que tanto les entretenía antes de la solemne procesión que todos esperaban. La gente siguió cruzando la plaza para alcanzar el atrio del templo. Entonces, por un momento, ella creyó recordarlo todo, o casi todo, de modo confuso. Primero fue Ángel el hijo adolescente. Luego el camión. Y el sonido metálico y sordo sobre el promontorio de arenisca frente a la casa. Después un reguero gris y untuoso junto al charco de sangre. Sintió el escalofrío recurrente que tantas veces le atenazaba la espalda y las sienes. Había quedado inmóvil. Rígida. Luego, la náusea. La entraña oscura del templo comenzó a arrojar voces de rezos. Ella pensó: oraciones para mi otro hijo que volvio de lejos arropado con una tela de listas estrechas rojas y blancas y muchas estrellitas.

El hombre rubio regordete que hablaba como entre dientes me lo dijo. - Su hijo ser uno héroe, la patria quererlo mucho. Pero su hijo ya no tenía ni voz ni ojos de heroe para mirarlo. Y otra vez aquel vértigo le tomaba lentamente. Lo demás, el abandonar la casucha y seguir el río de gente sin rostros por el camino de las orugas viscosas que la asediaban. El auto gris que hacía rato daba vueltas alrededor de la plaza lo trajo al tiempo de ahora. Los rezos del templo comenzaron alternarse con los gritos y chanzas de los mozalbetes de la plaza.

En el día del juicio

Guarapo.

Pecadores.

Guarapillo.

¡Que nos perdones!

¡Guarapo, Guarapo!

Sobre aquel responsorio extraño se alzó la voz de ella en una letanía incoherente e interminable. - Te llevaré ante el cónsul de los judíos, ¡hijo de… puta! Colocó la caja de cartón en medio de la calle. Alzó su mano con ira, pero el auto gris la hizo rodar por la tierra y la arrastro casi cuatro metros. Ella trató de incorporarse. No pudo. Le habían quebrado las piernas. El accidente dio nuevos bríos a la tarde. Gritos. Risotadas. Burlas nuevas. Por el suelo rodó la caja de cartón. El cristal que cubría la estampa del icono se había hecho trizas. Al descubierto quedó el inventario de baratijas que rodaron por el pavimento. Una caja de ungüento para el catarro, dos cajitas de cerillos, una vela botiva, un viejo recorte de periódico, ya amarillento, rodó fuera de la caja. El título leía así: - devuelven cadáveres boricuas de guerra… Del templo ya salí a la procesión y los fieles cantaban, - perdona tu pueblo, señor.



José (Tato) Rafael Gilot

Dramaturgo y educador

Puertorriqueño de la ciudad de Juana Díaz. Maestro escolar, dramaturgo, escenógrafo y director teatral. Además fue utilero, escenógrafo y productor de obras teatrales.





×